lunes, 31 de diciembre de 2007

Hace 20 años se cerraron las compuertas

Y empezaron a subir las aguas del Esla la nochevieja del 31 de diciembre de 1987, sobre el valle y los escombros de los siete pueblos destruídos.

Documental completo "Riaño vivo".







RIAÑO: ETERNA OBSESIÓN.

Mario Sáenz de Buruaga.

CUANDO ALGUIEN REPITE UNA COSA en diversas ocasiones o alude a un tema de forma reiterada se dice que está obsesionado con ello. La obsesión personal es lógica e incluso debería ser entendida por el resto de los mortales cuando atiende a un hecho socialmente execrable, objetivamente grave y fundamentalmente injusto y por tanto pendiente de justicia. Las Madres de Mayo están obsesionadas con sus hijos desaparecidos durante la dictadura argentina y nadie que sea bien nacido podrá poner reparos a que sigan con su obsesión e incluso a participar de ella. La mía, mi.obsesión, es Riaño, el valle de Riaño en la montaña leonesa sepultado por un embalse en 1988. Hace dos años recordé en esta misma telaraña lo allí ocurrido; lo siento, pero qué menos que una vez cada dos años para aprovechar esta tribuna y remover el fango hediondo de este pantano. El desalojo, derribo e inundación de Riaño, Huelde, Anciles, La Puerta, Salio, Escaro, y Pedrosa del Rey, ha sido el episodio más cruel de los provocados voluntariamente en España desde la Guerra Civil, y así lo pueden atestiguar quienes allí estuvieron durante los meses que duró el ataque del Gobierno, junta de Castilla y León y Diputación de León contra esta comarca.


Quise pasar la Nochevieja de 1998 en la Montaña. Mi destino debía haber sido Larío, Polvoredo, Burón... pero la nevada fue más terca que YO y me entregó, cinco horas antes de que acabase el año, un poco más abajo, en Riaño, el nuevo, el improvisado, al que, confieso, he tenido mucho pudor en visitar desde que el otro, el verdadero, fuera arrasado. Pudor por los recuerdos amargos, pudor de encontrarme con algunos de los "vendidos" y tener que reprimir el instinto del guantazo, pudor de dormir encima del Riaño enterrado en su ataúd de agua donde también las piedras de mi casa bucean para siempre, pudor y vértigo de mirar abajo desde un viaducto anclado entre gritos, fuego y lágrimas en las calles tomadas por Cosculluela y y secuaces; pudor, en definitiva, de encender con más llama de la que a uno ya le quema de por sí, la guerra que la montaña leonesa perdió hace once años.


Y las preguntas las mismas: ¿para qué? y ¿por qué? Para nada, no hay riego, y menos aún presupuestos que lo contemplen; no hay agricultores del sur (aquellos que se desgañitaban solicitando el cierre de la presa) que hoy reivindiquen la canalización de las aguas porque andan más ocupados en solicitar las subvenciones que les dan por los barbechos, o sea, por dejar de cultivar; y no hay nadie que pida ya cuentas, que pregunte cómo es posible que todo el sector oriental de la montaña de León haya rendido su existencia a la mentira, al desvío de un objetivo que estaba cantado y que así fue denunciado en su tiempo. Riaño fue una compensacion a Iberduero, hoy Iberdrola, por el desmantelamiento de la central nuclear de Lemóniz en Vizcaya donde se habían invertido más de 300.000 millones de pesetas. Había que dar de comer al pajarito energético para que no piase tanto y nada mejor que inundar Riaño, retomar un proyecto abandonado incluso por la dictadura franquista, que se suponía era la única adicta a la inauguración de embalses. Miedo de recordar cuáles fueron los modos que sirvieron para frenar el funcionamiento de aquella central nuclear por cuanto pareciera que la única alternativa para salvar Riaño hubiera sido el secuestro, el asesinato y los continuos sabotajes.


Y EL ENGAÑO HA SURTIDO EFECTO, vaya que sí. El sur de la provincia, el campo de León está hoy más viejo, más desocupado y abandonado que hace años, y entre unos y otros se lo han llevado a la cama para darle por culo: para promocionarlo como erial e ir jubilando a los más tontos de la clase (a los que un día les enseñaron la falsa piruleta del regadío) y a los otros, antes de que la pegaran el primer lametazo, les dijeron que estaban mejor contando avefrías.

¿Y qué es de los testaferros del pantano, de los avalistas de la bonanza económica que el embalse iba a generar en la provincia? Los que son de León callan siempre, los de más lejos ni se acordarán de lo que ordenaron y firmaron. Unos, como el ex-consejero de Agricultura de la junta de Castilla y León es hoy adalid de los temas ambientales por el PSOE en la región; otros, como el ex-ministro de Obras Públicas está en su partido socialista de portavoz de justicia, paradojas de la vida, en el Congreso de los Diputados.


Pero claro, si en esta revista hablo de Riaño es también porque la misería humana con la que allí se actuó se abraza con la irreversibilidad de un ataque ecológico que, junto con lo ocurrido recientemente en Doñana, encabeza el catálogo de desastres contra la naturaleza ibérica. Botánicos, zoólogos, geógrafos, edafólogos... de toda Europa advirtieron de que la inundación del valle de Riaño era un atentado ecológico que se escapaba a lo que más acostumbrados estamos. Los pastizales de montaña, únicos en cuanto a la calidad de su producción (el resto están ya anegados por otros embalses), y los suelos cantábricos, de una extraordinaria riqueza (en un país con más de la mitad de la superficie afectada por la erosión de forma muy grave), significaban un recurso ganadero extensivo en alza, un argumento para defender con criterios económicos ,los únicos que a veces son ponderables, Riaño y su comarca. Pero la vacas tienen menos fuerza que los voltios, que son el verdadero ordeño de la montaña, el chollito particular de la Confederación Hidrográfica del Duero.


El tejido social vertebrado por la ganadería extensiva y los servicios terciarios destinados al ocio, que con tanto éxito son ahora impulsados, encontrarían en estas tierras ahogadas un paraje prácticamente incomparable en el contexto de la Unión Europea.


Y Dios me libre de hablar del impacto del pantano sobre osos, rebecos, ciervos, corzos, martas... pero pregunten qué es del oso, quién lo ve, cuántas veces sale en las batidas al jabalí, desde que las aguas protagonizan la jugada. Y claro, menos aún se atreve uno a referirse a la belleza del valle, porque a los de la Confederación les puede dar un ataque de risa (siempre dirán, además, que nada mejor que una foto del nuevo Riaño reflejado en las aguas).


AGOTÉ 1998 POR LAS CALLES Y BARES DE RIAÑO. Tomé cervezas con Manolo Cachirolo, Tomás Burón, Elíseo el de Cuénabres, Pili y Goyo de El Abedul, y muchos más. Y seguía nevando, como es lo suyo en esta tierra. Y entonces pregunté por Pedro, el de la máquina quitanieves, de Pedrosa del Rey, uno de los siete pueblos asesinados. Y se miraron entre ellos en silencio, porque yo no lo sabía. Pedro se suicidó hace unos meses, se ahorcó desde el viaducto, y tan larga era la soga que se ató al cuello (conociéndole, seguro que fue para no dar trabajo y quedar cerca del agua) que su cuerpo, ante el impacto de la caída de más de treinta metros, se separó de la cabeza; nunca la encontraron. Pedro Presa, con irónico y macabro destino grabado en su apellido, era un hombre majo de verdad. Yo no era íntimo amigo de él, pero charlamos en muchas ocasiones sobre los bichos, sobre la nieve, que tantos quebraderos le traía, y sobre lo que se iba a sufrir si el embalse finalmente se hacía.

Apuré el vaso y me fui al hotel para escuchar las campanadas; en la Nochevieja de 1987 las compuertas de Ríaño se cerraron para siempre. Once años más tarde ha sido la primera vez que he recibido un año en soledad. Nínguna literatura hay en estas palabras cuando les digo que, no quitándome de la cabeza la noticia que acababan de darme, al escuchar la duodécima campanada, se me agitó toda la coctelera, los recuerdos, y no pude reprimir unas pocas lágrimas. Recuerdos de algunos viejos en pijama agarrados a sus escaleras para no irse del pueblo, de la gente pegando fuego a sus casas para no verlas caer, del delegado del Gobierno sonriendo cuando miraba a los encaramados en los tejados y señalaba las casas a derribar, de las cargas policiales con cientos, he dicho bien, cientos de guardias civiles, de la noticia de que Simón Pardo se había matado de un tiro cuando fueron a desalojarle... de un genocidio local en toda regla. Perdonen ahora ustedes el poco pudor en contarles lo que fue una emoción personal, pero me quedo más a gusto porque es como mi pequeña venganza hacia los que nombré en la primera telaraña sobre Ríaño como responsables políticos y sociales del descalabro que allí organizaron. Ojalá algún día se les investiguen sus responsabilidades en este caso; tampoco nadie daba un duro por remover lo de Pinochet y fíjense ahora.

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