domingo, 15 de julio de 2007

Jánovas: víctimas de un pantano de papel

Hace unos pocos meses se reeditó el magnífico libro, emocionante, vital, lleno de dignidad y valor humano, de Marisancho Menjón, Jánovas: víctimas de un pantano de papel. Ojalá no lo hubiera tenido que escribir, significaría que nunca hubiera ocurrido semejante salvajada, que puede considerarse uno de los mayores ataques a la población civil. Lo más grave no es que sucediera en la época de la dictadura, sino que continuó el acoso durante la llamada democracia al matrimonio Garcés. Rodeados de incomprensión. Son un ejemplo de dignidad, valentía, el valor de las personas por encima de lo material. El libro recorre toda la historia, desde los primeros proyectos a comienzos del siglo XX hasta su desestimación en el 2001. Con unos interesantísimos testimonios de los afectados. Cuenta con prólogo de Julio Llamazares, que bien sabe de lo que escribe, no sólo por el muy recomendable La lluvia amarilla. Sino porque es natural de Vegamián, anegado por el embalse del Porma, en León. En la reedición se incluyen testimonios de afectados por otras obras hidráulicas en Aragón, datados en el 2003. Una viva recomendación. Agradezco a la autora su autorización para reproducir aquí alguno de esos testimonios. Como dice en el libro y me repitió en la autorización, su objetivo era dar a conocer la historia. Gracias.




Para ponerse en antecedentes sobre Iberduero en el Sobrarbe, el testimonio de José María Santos, maestro de Guaso, (p 42).






Iberduero era una empresa que dominaba esta comarca completamente, no sólo por Jánovas, sino por todo el complejo hidroeléctrico del Alto Cinca, de 19 embalses interconectados hechos ahí, tenía un poderío tremendo. Eso son empresas casi de tipo colonial. Yo he conocido al maestro de Lafortunada, que cobraba un sobresueldo de la empresa, como lo cobraba el cura, como lo cobraba el médico, que era de la empresa y no del Estado; las carreteras las hacía la empresa para llegar a su establecimiento, y el instituto se hizo porque se empeñó Iberduero, que no había instituto en esta comarca. La situación de dominación era muy complicada, y a lo que decía la empresa nadie iba a llevar la contraria. En Boltaña llegó a haber una situación parecida.






Andrés Bail, fue alcalde de Jánovas entre 1958 y 1961, comenta cómo se tasaron las expropiaciones, por el ingeniero del catastro de Huesca (pp 50-51).






Así que se hizo las valoraciones él: a tanto la hectárea de regadío, a tanto la de secano, y lo más malo, matorral... en fin, sus precios, lo que él quiso. Pagó lo que le pareció. Y no admitieron otra cosa. Nada más no se pudo hacer. En vista de que con él no podíamos hacer nada, bajamos tres veces con dos vecinos, con Rufas y otros, los que más tierra teníamos, a Huesca a hablar con el gobernador. Pero no nos recibía. Al final nos mandó a hablar con un abogado, un tal Bolea Foradada, que me parece que estuvo en Zaragoza de presidente, y él nos dijo: "Ustedes aquí tienen poco a hacer; lo único, que el señor que juzgue sus cosas sea de mejor trato o peor trato, y les trate más bien, o más mal". Y Franco no admitía tampoco nada, porque la Guardia Civil tenía entonces muchas narices, que le pegaban dos hostias a cualquiera y se las tenía que tragar.








Félix Buisán, antiguo vecino, era un niño en la época de la dinamita, 1963, cuyo uso ha negado Iberdrola (pp 59). Espectáculo tan gratificante era contemplado desde lo alto y bien protegidos, por los ingenieros de Iberduero y sus familias. Por supuesto que no avisaban de cuando empezaba la función. Cómo lo dejarían que en Jánovas se rodó una película ambientada en Kosovo. Aderezado con el destrozo de cosechas.






Llegaban a caer piedras hasta en la carretera, que está a un kilómetro. Y en el pueblo se rompían los cristales, se jodían los tejados todos, se nos apagaban las luces... Los críos pasábamos mucho miedo; y los padres por el estilo. Sentías "¡bum!", "¡bum!", que caían las piedras. "Hostia, esta vez nos ha caído una"; y a la siguiente, "esta vez no; ha habido suerte". Era como una guerra: ha caído una bomba aquí, la otra más allá... Estabas siempre con esa tensión, de si te daban en tu casa o te librabas; y luego, cuando acababan, salías a ver cómo les había ido a los vecinos, y que tejados iba a haber que arreglar.






La escuela se cerró en 1966. Sacando a la maestro tirándole del pelo y a patadas con los niños. Teresa y Antonio, los hijos pequeños de Emilio y Francisca así lo relatan.






No nos trataban como a personas; nos trataban como a animales. Que un directivo de Iberduero se atreva a entrar en el aula tirando la puerta, ya me diréis; los niños que estaban dentro eran personas, que a un niño le dio la puerta al caer... Ya estuvieron aterrorizados mientras tiraban la casa del maestro, justo encima, por el estruendo. Pero aquel día el susto fue enorme: hubo que llevarlos a casa a que les diesen manzanilla. Allí acabó la escuela.



Durante quince años, el matrimonio Garcés vivió sólo en Jánovas, eran de los no propietarios, aguantando las desagradables visitas de la Guardia Civil y los empleados de Iberduero. Con la luz y el agua cortada. Francisca les vio más, porque Emilio trabajaba fuera.



Una valiente acción de los sicarios de Iberduero, fue dinamitar el conejar dónde Francisca criaba conejos (pp90).



Si les llego a coger en ese momento, te juro que de allí no salen sanos. A ver que culpa tenían de nada los pobres bichos.



Dando Francisca muestras de su valentía (pp91)



Yo no les tenía miedo, así hubieran venido con metralletas. Pero por el pueblo hacían lo que querían, las mil y una. Sentías que venían y estaban todo el día haciendo ruidos; cuando se iban, veías que se habían llevado de las casas las puertas, los balcones, la losa de los tejados. Todo destrozos.



Emilio remata (pp 91)



Cada noche me esperaba la mujer con una letanía: hoy han hecho esto, hoy lo otro. Todo, para ver si nos marchábamos. Pero cuantas más putadas nos hacían, más ganas teníamos de quedarnos. No iban a poder con nosotros.



Francisca habla de cuando desmontaron el puente, hacia 1972, con obreros de Fiscal para más escarnio, con el jefazo mirando. (pp92)



Entonces salió el otro, porque sintió aquello; yo llevaba una piedra en la mano, y cuando lo vi salir, mira... Le di con ella en el hombro, le pegué tres golpetazos y le dije: aquí tenías que estar tú, maricón. Yo que sé, que estaba yo loca.



Una historia triste, pero que conviene recordar y difundir para que no vuelva a pasar. Y se ponga de manifiesto las barbaridades cometidas en nombre de un dudoso bien general. Gracias a Jánovas por su ejemplo de dignidad. Por todo ésto, el día que les comunicaron la notica del descarte definitivo de Jánovas, no se lo creían. Les había llevado toda una vida.

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