domingo, 12 de abril de 2009

Desolación en Mularroya

Estos días en el pueblo, he tenido la ocasión de visitar las obras de Mularroya. Impacta. A pesar de que ya había visto la situación tras la tala. Además iba advertido de que habían desmochado la Peña María. Visible desde la tortuosa autovía del Nordeste, antes llamada de Aragón. Por otra parte es más complicado, por el corte de la carretera por las obras, además sin estar iniciada la circunvalación de 13 kilómetros que debe subsanar la comunicación entre La Almunia y la carretera de Santa Cruz de Grío, sin tener que dar el rodeo por la autovía.

Al otro lado de la autovía se puede observar un agreste paisaje.


La acción de las obras, por ahora se centra en el entorno de la Peña María, primero con la tala, incluyendo arrasar la ribera del Grío, siguió con los desmontes al otro lado de la carretera, en la trasera del monte de la Perdiz, desde cuya cima debe haber una inquietante visión de las obras, y sigue desmochando la Peña María, lugar donde antes moraban buitres y otras aves.




Viniendo por el lado de Morata, es más visible el enorme destrozo. Es difícil describir la sensación de impotencia y desolación, sabiendo además que es una obra ilegal. Ahí parado, mientras el viento ululaba entre los pinos, daba una extraña sensación de soledad y tristeza. De final, saber que dentro de un tiempo ese entorno habrá desaparecido bajo la acción de las excavadoras y luego sepultado bajo un manto de agua. El daño moral infligido a muchas personas.




Me gustaría destacar el texto de Roberto Del Val, guarda forestal, publicado en la contraportada de La crónica de Valdejalón correspondiente al mes de marzo.



Riberas del Grío arrasadas


Réquiem por los árboles que van a morir...


Réquiem por los árboles que van a morir (algunos ya lo han hecho) ahogados, tronchados, a manos de la intransigencia y la especulación, del desprecio y del abandono, de la desidia y la prepotencia.


Sobre todo aquel retazo de naturaleza y vida, caerá como un rayo divino una gran obra de hormigón, o mejor aún, una gran infraestructura que lo arrasará todo de alquitrán, y en los cabezos más remotos y alejados, grandes parques eólicos con sus líneas eléctricas, y todos ellos darán sentido y razón a los especuladores y olvido al resto de los ciudadanos. El que calla otorga. Da igual el cómo, el dónde y el cuánto, y menos aún el para qué. La solución a las preguntas, si las hubiere, se improvisarán sobre la marcha, en el caso improbable de que hagan falta.


Desde siempre los árboles han estado ahí para servirnos, los hemos usado para construir nuestras casas y hacer los muebles, nos han proporcionado alimento, medicinas, combustible, productos derivados, etc... Moderan y regulan el clima, protegen de la erosión, retienen y purifican el agua, fijan el CO2 atmosférico y mantienen la biodiversidad del planeta; y a pesar de todo les pagamos con la destrucción y la indiferencia.


A casi nadie le preocupa que desaparezcan cientos de miles de pinos que cubren con un hermoso manto verde las laderas de Mularroya, ni los álamos, fresnos y sauces que enmarcan el cauce del Grío. Y que decir de los centenarios olivos que son más antiguos y solemnes que muchos de los edificios e iglesias de nuestros pueblos.


Suene a modo de despedida por aquellos que todavía amamos a los árboles, que dan lo mejor de sí mismos a los demás sin esperar ni desear nada a cambio, el Réquiem en Re menor de Mozart.


Decía Chautebriand:


"Los bosques preceden a los pueblos, y los desiertos los siguen".
Al lado mismo aún es visible el bosque ¿hasta cuándo?

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