La primera reacción fue como hallar una serendipia. Morrissey actuaría en Zaragoza. Así que un amigo estuvo rápido para conseguir entradas y no quedarse con la frustración de la ocasión perdida. Así que llegado el día bajamos un grupo algo variopinto de amigos, donde había algún músico, tendencias musicales anglófilas y todos somos melómanos. Todo confluía en una oportunidad única, además que habitualmente Zaragoza no acoge a artistas de tanto renombre regularmente.
Tan única como sacrificar el partido del Real Zaragoza. Otra gracia de Tebas con los horarios. Vimos el primer tiempo en un bar y nos fuimos con tiempo al auditorio. Eso sí, pendientes del partido en el móvil, 1-0, espera al VAR, gol. Mientras en la pantalla se proyectaban videos escogidos personalmente por Mozz. La altura y mi creciente vértigo me hicieron un poco de mala pasada por un momento. De repente, se oyen unas palmas, segundo gol del Real Zaragoza y la tarde deja de ser silenciosa y triste definitivamente y pinta a jornada redonda y genial.
Varias personas se agolpan frente a la barrera antiavalanchas, no hay duda, aparece Morrissey y la emoción me embarga por ver ahí mismo al autor de varias de las canciones con las que mi personalidad sensible y tímida se siente más identificada. Se desprende energía, sus movimientos con el equilibrio perfecto entre declamación y elegancia. Su voz profunda, melancólica y potente se conserva bien a sus 66 años. Desde el principio, el público coreando y cantando las canciones. Un amigo me dijo luego que nunca había estado en un concierto donde la gente cantara tanto, y ha estado en muchos. La atmósfera es eléctrica, sensible y alegre.
La conexión que ha logrado tener y mantener Morrissey con su público es muy especial y raya la devoción. Letras de lirismo, referencias cultas, melancolía protectora y verdad. La sensación tan especial de encontrar un alma gemela. La verdadera valentía es la vulnerabilidad. Tantas personas sensibles y tímidas, o timidez extrema, nos sentimos tan identificadas con él que nos llega a emocionar y a supurar por los polos de la piel, tantos estímulos nos abruman y el cansancio me poseyó acabado el concierto únicamente por esos estímulos recibidos. Necesitamos tiempo y espacio para descansar y recargar energías.
¿Qué cuál fue el setlist? Y qué importa eso en un concierto de Morrissey. Si es imprevisible. Lo importante es que había salido al escenario a cantar y magnetizar. Esa camisa entreabierta es ya patrimonio musical hace mucho. Expresa cosas que nos cuesta verbalizar o mostrar y que hay personas que las llegan a malinterpretar. Cuando en realidad sentimos las cosas de manera más profunda y pausada. Bueno, no cantó The boy with the torn in his side, yo mismo me hubiera desabrochado la camisa si lo llega a hacer. Estos versos son absolutamente brutales y van más allá de una crítica a las discográficas y los críticos.
The boy with the thorn in his side
Behind the hatred there lies
A murderous desire
For loveHow can they look into my eyes
And still they don't believe me?
How can they hear me say those words
Still they don't believe me?
And if they don't believe me now
Will they ever believe me?
And if they don't believe me now
Will they ever, they ever believe me?
Empezó con la potente Billy Budd, en la buena acústica de la sala Mozart y apoyado en una buena banda. Siguiendo I just want to see the boy happy, donde contrasta la fuerte sonoridad con la delicadeza de la letra. Con la tercera canción llegó el momento donde se me humedecieron los ojos y sentí más emoción, con el alegre inicio de Suedehead. Con el público coreando ah, ah, ah, ah, ah, ah, ah. Un clásico emocionante y primer recuerdo a The Smiths.
Para pasar a la enigmática y fría Notre-Dame. Siguiendo con lo sombrío y las falsas apariencias en una de sus últimas canciones, Make up is a lie, nuevamente con París de fondo. Y vuelta a The Smiths con la introspectiva A rush and a push and the land is ours. Y el orgullo de su mezcla de orígenes Irish blood, English heart, una canción que emana fuerza y convencimiento. Siguiendo el tono íntimo de Now my heart is full.
Y ese grito a la necesidad de ser amado desde la timidez de How soon is now?. Dicen que la canción más conocida de The Smiths, cosa que personalmente dudo, y que menos se parece a su sonido, cosa en la que sí lo estoy. Nuevamente París en I'm throwing my arms around Paris, nuevamente frío y buscando amor y aceptación en la soledad. Con una esperanza que parece refugiarse en la melodía. Siguiendo con la antitaurina The bullfighter dies, con proyección de desagradables imágenes que contrastan notoriamente con las de las demás canciones llenas de referencias cultas al cine y la literatura. Muerte bajo una agradable melodía. Morrissey en todo su esplendor. Canción que, personalmente, aplaudí con entusiasmo.
Para pasar a la melancólica The monsters of Pig Alley. Sobre los seres queridos y lo que importa en la vida. Otra de The Smiths por primera vez en esta gira, Half a person. Introspectiva y melancólica aproximación a la propia identidad.
En algún momento del concierto y sin dejar de dar la mano a las personas afortunadas de las primeras filas, también comentó que iba a dormir a 9 millas de la ciudad.
Y después de tanta melancolía e introspección, el público se levantó enfervorizado con la ácida First of the gang to die, narrando la historia de Hector y ese trasfondo tan suyo. Siguiendo con otra de The Smiths, la sobrecogedora por la letra de esperanzarse en el amor, "esa vieja historia y falsa alarma", Last night I dreamt that somebody loved me, de esas en las que Mozz parece leerte el alma. La exploración oscura nuevamente de la soledad a través de la figura metafórica de jack el Destripador, en Jack the Ripper.
Y todo el público en pie. Llegan los majestuosos acordes iniciales de Everyday is like sunday. Atemporal y épica. Aunque en realidad, no todos los días sean silenciosos y grises. Una canción que conecta profundamente. Melancolía y rutina. Y la última fue la sarcástica World peace is none of your business, donde critica la apatía y el mantenimiento de la estructura social.
Ah, pero volvió en camiseta para un bis. Un colofón perfecto a un concierto inolvidable con There is a light that never goes out, simplemente una de las más bellas canciones nunca escritas, y que, personalmente, siempre me ha transmitido esperanza. Morrissey lanzó las flores a la pantalla y lanzó su camiseta al pública, una afortunada saltó y pudo abrazarlo y otro chico tuvo menos suerte y fue retenido por la seguridad. Aplausos.

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